Las traiciones de mi vida me cerraron al amor por mucho tiempo. A la amistad profunda, al fuego de la pasión. Pero luego, cuando decidí dejar todo aquello y comenzar a ser feliz, las traiciones de mi vida, y su recuerdo persecuta, me ayudaron a abrir mi corazón.
Las
personas que me traicionaron, no fueron mis enemigas. Fueron las maestras de mi
vida. Ellas pasaron por mis días de gozo, de alegría, también de penas, de
osadías, y se fueron dejando una herida,
que luego del daño y del dolor, me dejaron la enseñanza mejor aprendida.
Varios
años tardé en dejar atrás los recuerdos erróneos de momentos no queridos.
Imágenes distorsionadas de un sueño recreado en ríos de desamparo, en culpas
adquiridas por la forma en que te relacionas, en lo que crees que es mejor para
ti, en creer que eres mejor que el resto. Pero nada de eso tiene sentido ya.
Las
traiciones de mi vida, no son traiciones, sino sucesos inesperados de apertura
al aprendizaje invaluable que la vida te da de vez en cuando como un regalo.


