El título de este blog es una falacia. Desde el momento que he decidido escribirlo, la orquídea que nunca tuve vino a mí, convertida en hermoso presente a la vuelta de un viaje.
Y no sólo una, sino dos, y tres, y así sucesivamente hasta formar mi pequeño jardín de invierno, en el país de las orquídeas. Pero no todo dura para siempre, y tuve que abandonarlas al marchar de allí.
En este nuevo lugar, donde me encuentro, no crecen las orquídeas como allá; el frío, a veces tirano, no las trata bien.
Mi Samanta original, la orquídea que nunca tuve y que soñé y soñé hastas encontrarla, ha quedado en manos de una querida amiga, y cada tanto la recuerdo. Solía hablar con Samanta en mis momentos de soledad, de nostalgia por la lejanía.
Tal vez, es la vida del migrante, aferrarse a cosas terrenales para sentirte menos desterrado de su tierra natal.
Quizá por eso, Samanta ha sido y será mi conexión con mi tierra, aunque no haya Samantas por doquier desparramadas en ella, ni mi patria sea exactamente un país de orquídeas.
Mi nuevo país es el que llevo conmigo, construido poco a poco con pedacitos de espejos, el país de los colores y de las orquídeas que hablan.
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